La ilusión performativa: sesgos, capital cultural y efecto halo

Benjamín Contreras lleva tiempo observando una contradicción curiosa dentro de la moda contemporánea: mientras más hablamos de autenticidad, más rápido parecemos encasillar a quienes tenemos enfrente. Fotógrafo, estudiante de Economía en la Universidad de Chile y atento observador de la escena local, le interesa entender cómo la ropa no solo comunica identidad, sino también los prejuicios que proyectamos sobre los demás.

En esta columna pone el foco en esos juicios instantáneos que construimos a partir de una tote bag, una prenda vintage o un look cuidadosamente armado. ¿Cuánto de lo que creemos ver en una persona es real y cuánto responde a nuestros propios sesgos? A través de conceptos como el efecto halo y el capital cultural, Benjamín explora cómo la moda se ha convertido en un terreno donde conviven la búsqueda de individualidad y la necesidad de pertenecer.

Porque, al final, un outfit puede revelar algo de nosotros, pero nunca contar la historia completa.

Esta columna fue escrita por un lector de Blog de Cero. Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de quien las emite.


Caminar por las calles de Santiago o deslizar ininterrumpidamente cualquier red social expone a nuestro cerebro a un bombardeo estético continuo. En menos de dos segundos, catalogamos a quienes se cruzan en nuestro camino, basándonos exclusivamente en su vestimenta. En su obra Pensar rápido, pensar despacio, el psicólogo y ganador del Nobel de economía Daniel Kahneman describe este fenómeno a través del sistema 1: un mecanismo de pensamiento automático, intuitivo y emocional que opera en nosotros de manera ligera e inconsciente. Al observar un atuendo, este sistema formula un juicio mucho antes de que el sistema 2 (nuestro pensamiento lógico, reflexivo y consciente) pueda intervenir para cuestionar si la conclusión que determinamos tiene validez real. Vivimos atrapados en el mundo de la inmediatez, de la primera impresión, donde cualquier estímulo que recibamos determinará y guiará nuestra manera de pensar, y donde la ropa no se procesa meramente como un trozo de tela, sino como un veredicto final de la identidad de la otra persona. 

Este procedimiento, acuñado como Efecto Halo por el psicólogo Edward Thorndike, representa una preocupante disonancia en nuestra generación. El experimento original del psicólogo estadounidense demostraba cómo una característica considerada positiva influía en la población. Hoy, sin embargo, el sesgo opera de manera distinta frente a distintas culturas de nicho en Chile. Cuando observamos ciertos signos específicos (una tote bag, libros, audífonos de cable, accesorios de diseño independiente o hasta una simple tank top), el efecto Halo no nos conduce a pensar que estamos ante alguien con una sensibilidad artística real, una demostración de gustos particulares o una afinidad por ciertas referencias y significados. Al contrario, la presencia de estos elementos activa un sesgo inmediato que reduce toda percepción de identidad a performance. Catalogamos el estilo ajeno (la mayor parte del tiempo) como una puesta en escena deliberada, asumiendo automáticamente que su apariencia es solo una adhesión estética calculada, un disfraz diseñado para encajar en un arquetipo predeterminado. Cualquiera de estos signos, por sí solo, basta para que el entorno decrete arbitrariamente la ausencia de identidad. 

Esta desconfianza generacional se vincula directamente con la configuración de lo que Pierre Bourdieu denominó capital cultural. En su teoría sociológica, el autor plantea que el estatus y el poder dentro de la sociedad no se determinan únicamente por el capital económico, sino por la acumulación de conocimientos, modales, credenciales educativas y habilidades que definen el gusto del individuo. Este capital cultural se internaliza como una moneda invisible, la cual se genera a partir de los hábitos y se objetifica mediante los bienes que consumimos. Llevando esto al contexto de la moda actual en Chile, el auge de las estéticas vintage y naturales y el consumo en tiendas de segunda mano se definen con la bandera del “no más fast fashion”. Vestirse con ropa usada o de aspecto deliberadamente

descuidado ya no denota escasez de recursos: representa, exactamente, la exhibición de un capital cultural asociado. Se requiere de un “buen gusto” previamente entrenado y tiempo de búsqueda para rescatar y dotar de un valor específico a una prenda antes considerada un desecho. 

Sin embargo, esta búsqueda de distinción cultural e individualidad conlleva una gran contradicción. A medida que un subnicho adopta masivamente estos códigos para distanciarse de lo comercial o de lo “típico”, el grupo termina homogeneizándose por completo. El esfuerzo por construir una identidad propia (expresada en la ropa) se desmorona cuando las marcas locales se imitan entre sí o cuando los individuos replican los mismos patrones estéticos de las redes sociales. Y como he descrito anteriormente, la ropa pierde su capacidad de expresión personal y se convierte en un uniforme. Es esta pérdida la que lleva al individuo a recaer en los sesgos, cerrando el círculo vicioso: al ver que todos lucen iguales, el entorno confirma su sospecha de que se encuentra ante una simple coreografía estética, despojándolo de su autenticidad real. 

Retomando lo que nos compete, es fundamental reconocer que estos prejuicios cognitivos nos afectan a todos y se manifiestan de múltiples maneras, activándose automáticamente según la corriente de vestimenta que decidamos o podamos llevar. La indumentaria se convierte en un mapa donde el estímulo traza fronteras estéticas y lee posiciones sociales. Dependiendo de los códigos visuales que se nos presentan, nuestro pensamiento rápido tiende a categorizar el origen, los ingresos, el entorno o el “gusto” de una persona, asumiendo rasgos de su personalidad que no han sido probados. Estas lecturas simplistas funcionan como atajos mentales para que el sistema 1 fabrique y ordene tejido social en un pestañeo, ahorrándole a nuestro sistema 2 el esfuerzo de ser y/o estar consciente. 

Al comprender que el efecto halo, las trampas del capital y la facilidad cognitiva que mantenemos con nuestros sistemas operan de manera inconsciente, asumimos la responsabilidad de pausar nuestro juicio rápido. Ser conscientes de estos sesgos nos permite mirar nuestro entorno sin discriminar (o no como antes) las estéticas sociales. Solo al apagar las etiquetas sociales con las que pretendemos clasificar al mundo, abrimos la puerta al mundo de la interacción humana real y profunda, evitando la posibilidad de perder vínculos valiosos. En última instancia, la moda de nuestra generación no debería ser una prueba silenciosa o un “campo de batalla” de sutiles privilegios culturales. Desafiar el automatismo de este Sistema 1 consiste en entender que un outfit puede ser una obra de arte, una armadura o un juego, pero nunca el total de una persona. El verdadero valor de nuestra identidad generacional comenzará a expresarse el día en que usemos la ropa para decir quiénes somos, y no para decidir, de un solo vistazo, quiénes tienen el derecho a ser escuchados.


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