Aileen Castro Barrera es psicóloga, diseñadora de vestuario y creadora de Ally Indumentaria. Su mirada nace precisamente del cruce entre ambas disciplinas: entender la ropa no solo como una construcción estética, sino como una herramienta capaz de acompañar nuestras emociones, nuestra percepción y las distintas versiones de quienes somos.
En esta columna de opinión cuestiona una de las preguntas más repetidas cuando hablamos de estilo: “¿Cuál es tu estilo?”. ¿Qué pasa cuando intentamos encerrar una identidad cambiante dentro de una sola estética? Desde su propia experiencia y a partir del concepto de cognición vestida, Aileen propone mirar el clóset desde otro lugar: no como un espacio de reglas, correcciones y etiquetas, sino como un escenario para explorar cómo queremos sentirnos y quiénes podemos ser. Porque quizás vestirnos no debería consistir en encontrar una identidad definitiva, sino en darnos permiso para cambiarla.
Esta columna fue escrita por un lector de Blog de Cero. Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de quien las emite.
Hay una obsesión bastante neurótica con saber quién eres. Definirte. Encontrar tu estilo. Elegir una estética y sostenerla hasta que parezca una identidad. Nos han enseñado a cuidar esa estética, nuestra silueta y belleza como una carta de presentación, pero rara vez nos preguntamos ¿cómo necesita vestirse nuestra mente? Entre la psicología y el diseño hay mucho más de lo que imaginamos y desde allí los invito a descoser los mandatos de nuestro propio closet, ya que el primer paso de rebeldía es detectar el error de patronaje que está asfixiando a nuestra mente.
Durante mucho tiempo me incomodó una pregunta que la mayoría responde en tres segundos: “¿Cuál es tu estilo?”. Yo me quedaba helada, paralizada frente a un abismo de posibilidades. Hoy, si me obligas a ponerme una etiqueta, te diría que mi estilo es experimental, maximalista y profundamente teatral.
Pero incluso dentro de eso hay un desborde constante. Un día necesito una silueta gigantesca, dramática, que ocupe todo el espacio físico en la calle; al otro, me obsesiono con una estructura arquitectónica pulida, y al siguiente, me despliego por la ciudad en un conjunto de streetwear desarmado. No es que no sepa quién soy. Es que mi estilo tiene demasiadas voces hablando al mismo tiempo.
Durante años pensé que esa fluctuación significaba que era una persona incoherente. Hasta que me detuve a mirar las cosas desde la perspectiva de mis dos grandes pasiones y profesiones: la psicología y el diseño de vestuario.
Además, soy una persona bastante intensa. En mi cabeza rara vez hay una sola idea haciendo fila de manera ordenada; tengo TDAH y lo que pasa ahí dentro es una marea de pensamientos hablándose, cruzándose, atropellándose y haciendo un escándalo tremendo hasta que, con un poco de suerte, alguno logra aterrizar en el papel. Diseñar indumentaria es la única forma que encontré para canalizar todo ese ruido sin tener que silenciarlo.
Desde la psicología veo cómo nos encasillamos en relatos rígidos. Construimos quiénes somos a partir de etiquetas que compramos sin cuestionar: la drama queen, la perfil bajo, la que no llama la atención. Las repetimos tanto que terminamos creyendo que son verdades absolutas: “Es que yo soy así”. Pero la identidad no es una foto fija; es un proceso vivo, dinámico y en permanente construcción, mediado por nuestra historia y el entorno. Y si nuestro mundo interno y nuestra mente están en constante movimiento, pretender que la ropa se quede inmóvil me parece una contradicción tremenda.
Aquí es donde la teoría se vuelve algo fascinante. En 2012, los investigadores Hajo Adam y Adam D. Galinsky propusieron el concepto cognición vestida (enclothed cognition). Su trabajo planteó algo clave: la ropa no es solo una envoltura hacia el mundo exterior, sino que puede influir directamente en nuestros procesos cognitivos, en la atención y en cómo nos percibimos. Funciona tanto desde el significado simbólico y cultural que le atribuimos a una prenda como desde la experiencia física y sensorial que esta produce en el cuerpo.
Ocurre cuando el contexto carga de intención un traje para activar un rol de autoridad, pero también cuando el cuerpo busca en el peso o el corte de una tela una forma de autorregular la mente. La psique procesa la prenda desde el símbolo y desde la piel.
Yo no necesito un laboratorio para comprobarlo: me pasa en el cuerpo todos los días. Tengo una relación visceral y dramática con el color. Los tonos intensos —el fucsia, el coral, los colores eléctricos— no son un simple gusto estético: los necesito como un shot de energía directa al sistema nervioso. Cuando me pongo una pieza gigantesca de color chillón, siento que literalmente mi cerebro cambia de frecuencia. La ropa actúa como un catalizador emocional.
En este sentido, el vestuario adquiere un papel activo en la experiencia emocional y en la sensación de seguridad: se convierte en una extensión viva de la identidad.
Antes de seguir, es importante hacer una aclaración sin romanticismos: tampoco es una varita mágica. ¡Ojalá fuera así! No te borra la ansiedad ni te va a resolver la vida, pero sí es un recurso tangible que puede amplificar, calmar o facilitar el estado en que necesitamos estar.
La ropa no solo habla hacia afuera; también puede hablarnos a nosotros mismos.
Nos han enseñado a mirar el clóset desde la corrección y la restricción (qué te adelgaza, qué disimula, qué regla estás rompiendo). Pero la ropa no debería ser una herramienta de castigo ni de camuflaje. La pregunta que me mueve, desde la psicología y desde el taller, es mucho más vital: ¿Cómo quieres —o necesitas— sentirte hoy?
Puedes seguir todas las reglas de la morfología, verte impecable según el manual y sentir por dentro ese vacío espantoso de estar disfrazada de alguien que no eres. En cambio, cuando usas la vestimenta a favor de tu estado mental y tu ropa calza con quien eres hoy, el cuerpo reacciona: te paras y desenvuelves distinto, ocupas el espacio con mayor seguridad. La ropa deja de ser algo que te esconde y se convierte en un escenario para desplegarte.
Hay días en que mi mente necesita una armadura para salir a arrasar afuera, aunque por dentro me sienta vulnerable. Otros, una tela abrazable que contenga el delirio emocional. Y otros —la mayoría— solo quiero subirle el volumen a mi propio ímpetu y brillar, desplegando mi muchosidad, porque solo así lo quiero.
Mi cabeza no funciona en líneas rectas, mi identidad tampoco, y mi guardarropa es el reflejo directo de ese hermoso caos.
Quizás el estilo no sea comunicar quién fuiste ni quién tienes que ser para siempre. Tal vez sea tener la libertad y la sensibilidad para reevaluar quién eres hoy y jugar con todas las versiones que podrías ser. Y mañana, si me da la gana, cambio de opinión y me pongo algo completamente distinto.
¿Y si las etiquetas con las que te vistes hoy ya quedaron obsoletas, pero sigues saliendo a la calle disfrazada de una versión de ti que ya no existe?
¿Te atreves a probar algo distinto hoy?
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