Nicolás Astorga Ramírez tiene 28 años, es periodista formado en la Universidad de Santiago y actualmente trabaja en el área de comunicación interna en Viña del Mar. Le interesa la moda no solo como estética, sino como un fenómeno cultural, simbólico y profundamente político. Desde su proyecto personal Laciudadviste, observa cómo se construye identidad en lo cotidiano, a través de personas reales y sus decisiones al vestir.
En esta columna de opinión reflexiona sobre la relación entre indumentaria y poder en Chile. ¿Qué dice la ropa sobre nuestra posición en el mundo? ¿Quiénes pueden vestirse con libertad y quiénes no? Para Nicolás, la moda no es superficial. Es una forma de comunicación que revela jerarquías, contextos y desigualdades, pero también una herramienta para expresarse con intención. Porque, al final, lo que no se grita, se viste.
Esta columna fue escrita por un lector de Blog de Cero. Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de quien las emite.
Dado que las redes sociales son inherentemente visuales, la moda y sus tendencias tienen un espacio predominante en las distintas plataformas. Ahora más que nunca tenemos acceso ilimitado para visualizar e incluso adquirir las prendas que influencers, artistas y personas famosas usan.
Sin embargo, la mayoría de las veces no damos la atención que deberíamos a situaciones directamente ligadas a la vestimenta que no se quedan en las tendencias de moda, sino que influyen en un nivel político de forma más compleja. Ignoramos hechos que pueden calificarse como anecdóticos porque “solamente es ropa”, pero la verdad es que deben evaluarse como expresiones simbólicas del contexto político que vivimos.
Desde que el actual gobierno de extrema derecha asumió el mando del país, una seguidilla de situaciones ligadas al vestuario han evidenciado la visión de este sector político.
La foto oficial del presidente José Antonio Kast rompió internet porque en ella la banda presidencial tiene añadido el escudo de Chile, ¿quién fue el último en hacer esto en su foto oficial? El dictador Augusto Pinochet. Ningún presidente desde la vuelta a la democracia lo había hecho. ¿Coincidencia? No lo creo.
Y para dar una clara señal de distanciamiento con el gobierno anterior, se les solicitó a los funcionarios de gobierno vestirse formal (hombres con traje, camisa y corbata; mujeres con vestido y colores sobrios). La idea es proyectar orden, seriedad y contrastar tajantemente con la práctica de Gabriel Boric de no usar corbata.
Por otra parte, el diputado del Partido de la Gente (PDG), Javier Olivares, hizo noticia por vestir una capa estilo prusiana con detalles en la punta de las solapas, casi idéntica a las que utilizaban Pinochet y los altos cargos militares del régimen.
Otro ejemplo es Javiera Rodríguez, quien asumió su rol como diputada del Partido Republicano vistiendo un traje verde evidentemente inspirado en el uniforme de Carabineros de Chile. El traje tiene un cóndor bordado por ella misma en el frente y en la espalda un mensaje poco sútil: “Chao pensiones de gracia” (claramente el mal gusto no se queda en su elección de ropa).
Si bien estas situaciones no pasaron desapercibidas, tampoco se les dio la importancia que tienen. Y es que los protagonistas son quienes ahora gobiernan por lo que su discurso, sea cual sea el medio por el que lo comuniquen, es inevitablemente parte de la narrativa oficial y contribuye a normalizar ciertos símbolos y mensajes.
Lo preocupante es que este discurso se caracteriza por su conservadurismo valórico y pretende instalar una estética asociada al orden y un pasado autoritario como algo legítimo y deseable. Por eso, la ropa deja de ser un elemento superficial y funciona no sólo como un mecanismo que comunica identidad política, sino también intenciones.
Minimizar estos gestos subestima el lenguaje simbólico del poder que se expresa por medio de la indumentaria. Porque cuando quienes gobiernan eligen cómo vestirse, no lo hacen al azar: construyen relato. Y recuerden que controlar el relato es ejercer el poder.
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